Vivir con psoriasis

Tantas veces hemos oído decir que “la procesión va por dentro”. Esto sucede con todos aquellos que padecen psoriasis, una enfermedad dermatológica que causa inflamación y descamación de la piel. Vivir con psoriasis es muy fuerte física y emocionalmente, pero existen varias maneras hacerle frente.

La psoriasis es una enfermedad de la piel que causa descamación e inflamación (dolor, hinchazón, calentamiento y coloración). En el caso de la psoriasis, la renovación celular ocurre en sólo unos pocos días (en lugar de los 20 días que toma en la mayoría de las personas), lo que provoca que las células nuevas suban demasiado rápido y se acumulen en la superficie.

En la mayoría de los casos la psoriasis causa parches de piel gruesa, enrojecida y con escamas plateadas. Estas placas pueden producir picor o dolor. A menudo se encuentran en los codos, las rodillas, otras partes de las piernas, el cuero cabelludo, la parte baja de la espalda, la cara, las palmas de las manos y las plantas de los pies.

La psoriasis provoca una reacción emocional muy fuerte, y con sentimientos encontrados. No importa que una persona tenga pocas o muchas lesiones, la respuesta emocional no siempre es la misma.

Ante la aparición de las manchas en la piel, la persona experimenta momentos difíciles de manejar, ya sea por vergüenza, incomodidad o insatisfacción con su apariencia.

Se da con frecuencia que la persona experimente una especie de shock, confusión, exasperación y bronca ante lo que le está pasando en su piel. Estos sentimientos pueden conducirla a una profunda tristeza o depresión. La aceptación de la condición de la piel es posible, pero esto lleva su tiempo. La terapia o los grupos de apoyo pueden resultar de gran ayuda a la hora de canalizar la insatisfacción.

Hablar sobre la psoriasis ayuda, sobre todo si se comparte la experiencia con otras personas que padezcan la misma enfermedad. El valor de las emociones que aparecen por el hecho de tener psoriasis no debe ser subestimado. Resulta de vital importancia dar con un dermatólogo con quien la persona pueda consultar y compartir, de modo que lo ayude a tolerar y aceptar su condición.

La psoriasis es una realidad con la que la persona afectada se ve obligado a convivir, pero no por eso la enfermedad debe controlarla. Los tratamientos pueden variar de un paciente a otro, ya que no todos responden de la misma manera al tratamiento, y además existen diversos grados de psoriasis; algunos presentan síntomas en áreas muy limitadas mientras que otros pueden tener manifestaciones muy extendidas.
Tratamientos no farmacológicos: Se comprobó que muchos pacientes disminuyen su sintomatología al exponerse a la luz UV, por lo que es común la práctica de la UV terapia (PUVA).

Tratamientos Tópicos: Pueden consistir en productos destinados a reducir la inflamación y reemplazo celular, a reducir la actividad del sistema inmunitario, a ayudar a descamar la piel, o a suavizar la piel (humectantes e hidratantes).

Tratamientos Sistémicos: El tratamiento sistémico es la prescripción de una droga que se da vía oral o inyectable, y que tienen un efecto inmunosupresor (Por ejemplo, ciclosporina o metotrexato), bajo estricto control médico. Los corticoides en pacientes con psoriasis solo se indican vía tópica, no deben usarse vía sistémica.

Tratamientos Biológicos: Estos son un nuevo tipo de tratamientos sistémicos para psoriasis moderada y severa que disminuyen el alfa-TNF. Este tipo de medicamentos suelen ser excesivamente caros.

Es muy importante que el paciente acuda al médico para un correcto tratamiento, ya que la mayoría cree que sólo afecta la piel. Sin embargo, es una enfermedad que puede comprometer órganos internos, y por ende, si está mal medicada puede complicar la situación del paciente. La psoriasis también puede afectar a las uñas, por eso es importante acudir al dermatólogo cuando hay anomalías en las mismas, ya que no siempre se debe a la presencia de hongos.

La psoriasis es una enfermedad que no tiene cura, pero que puede mantenerse controlada con el tratamiento adecuado. Por eso recomendamos acudir a un médico clínico o dermatólogo para un diagnóstico preciso y adecuado para cada caso particular.

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