BULLYING

Según los resultados de Aprender 2017, una evaluación de aprendizajes realizada por el Ministerio de Educación de La Nación, seis de cada diez jóvenes en el país presenciaron alguna escena de discriminación por parte de un compañero. Y solo en 2017, se denunciaron más de 2900 casos de acoso escolar. Estas estadísticas son el reflejo de una problemática que día a día crece y se profundiza. Como también lo hacen las heridas de sus víctimas y el poder de quienes las agreden. Porque el bullying es eso, una relación desigual.

La balanza solo puede nivelarse con intervención, contención y orientación profesional, tanto para niños como para padres y docentes. Por eso, la Revista DOC convocó a María Zysman, para que comparta con nuestros lectores de qué se trata el bullying, cuáles son los signos de alerta en los chicos y de qué manera pueden intervenir los adultos. María es Lic. en Psicopedagogía con posgrados en Autismo y otros Trastornos Generalizados del Desarrollo, y en Déficit de Atención y Trastornos de Aprendizaje, docente universitaria y autora de dos libros que tratan sobre bullying y cyberbullying.

¿Qué es el bullying?

Lo que está en la base del bullying es el desequilibrio de poder. Es una situación de persecución y de humillación intencional hacia uno de los integrantes de un grupo, por parte de un grupo más grande. Aunque hace unos años se lo asociaba principalmente con la pubertad, hoy nos encontramos con casos en edades cada vez más tempranas. Los golpes o los insultos no son las únicas formas en las que se manifiesta el bullying. Muchas veces se da de manera simbólica, con miradas, descalificación sutil o sometimiento. Lo que sí se necesita para que esta situación exista, es que haya una constancia en el vínculo entre los pares. Es decir, tienen que ser chicos que se ven periódicamente. Por eso está tan presente en las escuelas, aunque no es el único ámbito.

¿Qué características definen una situación de bullying?

Siempre insisto en que no son los atributos de la víctima los que van a marcar la estructura del bullying. Porque en una escuela se pueden burlar de un chico con anteojos, mientras en otra no. Entonces no está dado por los rasgos físicos, étnicos o de orientación sexual. Esas son las excusas que se ponen para justificar el maltrato. Lo que caracteriza al bullying es la discriminación, la envidia, los celos, la bronca y la falta de palabras por parte del agresor. Y eso tiene relación directa con adultos que no se hacen cargo y que no intervienen ni bien se empieza a gestar la problemática.

¿Cómo diferenciar el bullying de un simple conflicto entre niños?

Todos los chicos se burlan, se ponen apodos, se juntan con unos y con otros no. Eso en sí no es bullying. Pero si hay ausencia de un mayor que baje una línea y diga: “Mirá, cuando todos se divierten es una cosa, pero cuando alguien sufre tenés que parar”, ahí el panorama empieza a cambiar. De hecho, que un chico le diga “gordo” o “flaco” a otro puede no ser bullying. Pero si ningún adulto registra esa broma ni le pregunta al niño cómo se siente en relación a eso, estamos abriendo una ventana. Lo mismo sucede si un compañero se cae y todos se ríen. Una intervención por parte del padre, la madre o el docente preguntando: “¿Qué es lo gracioso? Hablemos”, ayudaría mucho más que ubicarse en el papel de espectadores.

Los padres, ¿a qué actitudes o signos deben estar atentos?

Cuando los chicos cambian de humor, de ánimo o de forma de manejarse en casa, es porque les está pasando algo. Entonces es un buen momento para abrir el tema e indagar, por ejemplo, por el lado de la escuela. Más allá de las materias, se le puede preguntar con quiénes juega más, con quiénes no, qué cosas le gustan del colegio y qué cosas le molestan. Si un chico volvía de clase siempre contento y de golpe comienza a venir triste, retraído, o se empieza a quejar antes de ir, puede estar pasando por una mala experiencia en la escuela.

¿Qué nos podés contar sobre el cyberbullying y cuál es el rol de los padres en su control?

Hablamos de cyberbullying cuando hay una humillación intencionada hacia un chico en el ámbito de lo tecnológico, específicamente en las redes sociales. En el afán de conseguir nuevos seguidores y de ser reconocidos por sus pares, los chicos son capaces de subir todo tipo de contenidos. Si a esto le sumamos que acceden a los dispositivos electrónicos a edades cada vez más tempranas, el cyberbullying se vuelve bastante difícil de controlar.

Los padres tienen miedo de los pedófilos o de que sus hijos vean pornografía, pero no toman conciencia de que el celular es una llave con la pueden entrar a cualquier lado. Y aunque está bien controlar los videos que miran o con quienes chatean, no es suficiente. Porque los chicos aprenden rápidamente a sortear los obstáculos.

 

Es necesario, entonces, capacitar a los adultos sobre el uso de las plataformas sociales, pero también sobre la construcción de espacios de diálogo con sus hijos, en los que ellos puedan contar sus miedos o dudas sobre algo que vieron en las redes. Y los mayores, lejos de enojarnos y retarlos, podamos brindar confianza y contención. Si seguimos permitiendo que se acostumbren a ver contenidos violentos en internet, naturalizarán tanto el dolor ajeno que, al ver a un compañero llorar o sufrir, no sentirán otra cosa más que indiferencia. Y ese sí es el golpe más duro.

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